Una noche especial, con ese cierto sentimiento de nostalgia por lo que se acaba y de alegría por la feliz noticia, noche de sentimientos encontrados en los que la Cofradía del Nazareno ha sabido encontrar el elemento que faltaba para que Mérida se echara a la calle. Acertadísima la iniciativa de retirar los cubrerrostros (símbolo de penitencia) a los portadores del Resucitado y, aunque uno sigue sin entender el por qué se despoja al paso de la Virgen de los respiraderos y la candelería, lo cierto es que estaba radiante de blanco con un tocado "al estilo Esperanza de Triana" que realzaba aún más su belleza. Además, un incremento importante en el número de nazarenos, daban ya la sensación de una consolidación total de esta procesión de gloria.
Mucho público hasta la Plaza de España (ya es un paso importante) y poco en las calles de vuelta hasta la entrada donde un centenar de personas esperaban a las imágenes que, rápidamente, entraron en la basílica. Algo que sorprendía sobremanera cuando, en las jornadas penitenciales, dichas entradas se caracterizan por las espectaculares "chicotás" en las que los costaleros echan el resto. En esta ocasión, y aún siendo una procesión festiva, la entrada fue demasiado seria.
De esta manera se despedía la Semana Santa emeritense, de agradecer el chocolate caliente que, a esas horas y con el frío reinante, fue el mejor bálsamo para el descanso. Eso sí, mucha prisa para desmontar los pasos con una carpa abarrotada de gente....ahí no se estuvo demasiado fino.






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